Mi pueblo
Podría ser el tuyo también
Mi pueblo podría ser el pueblo de cualquiera: un villorrio alejado de la ciudad y su zumbido, un puñado de calles, un horizonte de campo que empieza donde terminan las últimas casas, una escultura absurda que corona alguna rotonda igualmente absurda.
Es mío, si me preguntan. Mi pueblo. Aunque no nací en él.
La pertenencia a un pueblo rara vez depende del registro civil o del catastro. Da igual que poseas un chalé adosado, un terruño sin piscina o una finquita modesta; el arraigo a un pueblo es de naturaleza emocional ante todo. Basta un vínculo, por pequeño que sea.
Hay quien lo hace suyo, al pueblo, después de tres verbenas y dos veranos.
Me parece un trato razonable, peores colonizaciones se han visto.
El ritmo de un pueblo es distinto al de la urbe. Todo parece menos grave por aquí. En verano el tiempo se remansa, como si uno retornara a la infancia de las cosas, y la vida recuperara una sencillez que se creía perdida. Hay algo antiguo y familiar en ese regreso.
Un rosario de siestas medievales, rodajas de sandía sobre el mantel de hule, moscones escalando los vasos de vino y gaseosa.
Un reguero de migas de pan conduce, al remontar su curso, hasta una botella de Magno, todavía pegajosa de sobremesas anteriores.
Las horas no pasan, se escurren, lentas y cómplices con el canto soporífero de las cigarras, canto que corta el aire caliente de la tarde. Las llevo escuchando desde primera hora de la mañana. Las cigarras no cantan, estridulan, me corrige la Wikipedia.
En la plaza del pueblo, de cara a la fuente, unos hierros imbrican una escultura espeluznante, un busto del que para muchos fue el peor monarca de la historia española: Fernando 7.
Fernando 7, el rey felón, fue también un tipo espléndido, pues tuvo la gentileza de concederle el título de villa a mi pueblo, a este pedazo de campo alejado de la Corte y sus intrigas.
Fernando 7 comparte, además, cierta predisposición anímica con el alcalde, cierto desprendimiento. El alcalde, se dice, tuvo a bien meter sus manos y bolsillos en los tres puticlubs con los que cuenta el pueblo. Hay que apoyar el negocio local, debió decirse, en un arrebato de generosidad.
Pero no juzguen, por favor. Los gobernantes son siempre víctimas de su tiempo y de sus inclinaciones. No seré yo quien se escandalice por la concentración de lupanares que llegó a reunir este pueblo. Eso sería fácil. Y aquí, en mi pueblo, si algo no somos es puritanos (puteros, tal vez, pero nunca puritanos). Queda, eso sí, una duda respetable. La duda de si tres prostíbulos para un pueblo de 2.400 habitantes no eran, quizá, demasiados.
Así pues, convertido ya mi pueblo en referencia sexual de la comarca, uno podía tomar la M-501, la autovía de los pantanos, y al cabo de un rato toparse con un gran letrero que anunciaba:
“DONDE TERMINA LA AUTOVÍA, EMPIEZA EL PARAÍSO”.
Como ya sabemos, y a diferencia de nuestro Fernandito, no es traidor el que avisa.
Más allá del longevo mercado del placer, que extiende su sombra a través de los siglos y las autovías, la comarca ofrece otros atractivos. En el pueblo de al lado, a unos pocos kilómetros, se alza un castillo medieval con una larga tradición de apariciones, fantasmadas y brujería.
Fue en este castillo, en sus mayestáticos colchones, donde planchó la oreja Juana la Loca y donde, siglos más tarde, oficiales de la Legión Cóndor planearon el bombardeo de Guernica. Allí también se rodaron películas de terror como La Marca del Hombre Lobo (1968), hito del fantaterror ibérico, lo que contribuyó a engrosar una leyenda que venía de lejos.
Pero la historia no termina ahí. Años después, un tal Juan Fernández Ganza, santanderino excéntrico y criatura nocturna dada a los excesos, se hizo amo y señor del castillo durante más de una década. Compró caballos, leones y tigres, y convirtió la fortaleza en escenario de fastuosas bacanales regadas de alcohol, sexo y sesiones de espiritismo.
Durante aquellas sesiones, Ganza aseguraba ser la reencarnación de Carlos 2 el Hechizado, otro monarca físicamente poco agraciado (víctima, claro, de la endogamia de aquella dinastía). La comarca parecía mostrar una curiosa predilección por los monarcas menos recomendables. Y Ganza, quizá advertido demasiado tarde de este error, apareció muerto en circunstancias extrañas: con un agujero de bala y un revólver en mano. Suicidio, dictaminó la policía. Aunque casi nadie creyó la versión oficial.
Por suerte o desgracia, mi casa se encuentra en una urbanización fuera del pueblo, extramuros de toda esa vorágine de ocultismo, depravación, soberanos gandules y prostíbulos junto a la autovía.
Para llegar hasta allí hay que tomar una pequeña carretera que desciende hasta una vaguada, casi siempre húmeda. Con la ventanilla bajada, entra el aire fresco y el perfume de la tierra cuando anochece. Al repechar esa hondura, el horizonte se abre como un abanico y despliega el monte bajo de meseta. Lavandas, jaras y matorrales.
Voy de camino con mi padre en el coche. Me pregunta por Madrid, por cómo está el ambiente, si se ha vaciado la ciudad al llegar las vacaciones. Le respondo que bien, que esto y lo otro; Madrid siempre está bien, a ratos tose, a ratos cojea, pero le enseña los dientes al futuro (o eso quiero creer).
Delante de nosotros, a escasos metros, una familia de jabalíes cruza la carretera. Primero pasa la madre y luego los jabatillos. Paramos el coche y contemplamos la escena sin decir una palabra. Mi padre siempre supo expresar mejor la ternura a través del silencio y de la música.
Unas cuantas curvas después, superados ya el antiguo picadero (de caballos, en esta ocasión) y el Parque de la Alegría, llegamos a casa.
Mi casa es una parcela diáfana, abierta al monte, salpicada de pinos y piedras que acumulan el calor del sol de la jornada. Por sus costados, asoma alguna higuera, un ailanto y alguna otra vegetación más o menos domesticada.
Mantener bonitas las hortensias es un homenaje a tu abuela, me confiesa mi madre. Dirijo la mirada a la cocinilla de piedra, en la entrada, y aún puedo ver a Paquita preparando la paella, concentrada, dulce en su expresión. Con mano experta, echa pimentón al sofrito y remueve otro poco.
No pises ahí, que ha caído agua y te vas a esbarar. Una columna de vapor asciende por el aire, una nube de judías, conejo y azafrán que hace salivar a mi estómago. Toma, prueba, y me alarga una cuchara humeante y dorada. ¿Está bien de sal? Sí. ¿Sí? Vale.
Nunca importó la sal. Esa paella era lo más cercano al paraíso, una vida entera reducida a un gesto: acercar un pedacito de cielo a la boca de quienes amas.
Hoy, me arrepiento de no haberle servido más veces de pinche a mi abuela, de no haberle preguntado más sobre su vida, de no haber memorizado el patrón de flores de su vestido, cruzado siempre de manchitas de tomate, para que, cuando ella faltase, pudiera componer su figura entre las hortensias.
Pensé que la memoria haría su trabajo, que era una forma de justicia. Pero me equivoqué.
Por eso procuro cuidar las hortensias, tenerlas bien regadas y, entretanto, guardo esa nube de judías, conejo y azafrán como un tesoro, como un jardín que todavía se deshace en mi boca.
Mi casa es un jardín donde cabe el mundo entero.
Rilke lo expresó con inigualable belleza; el jardín es «un espacio en el que la interioridad se convierte en mundo y donde el mundo se interioriza».
Detrás de cada esquina, de cada cuarto, de cada piedra, asoma un momento de mi vida. O, tal vez, se trate de la vida misma que se despliega bajo formas distintas: lo que he sido, soy y seré.
Retazos de la infancia se entreveran con mi yo adulto y, desde otro ángulo, cobijado por la sombra de un pino, mi yo futuro observa, compasivo y atento, mis errores y aciertos, las patadas al balón con mi hermano, las meriendas y las escapadas en bici, los cuadernillos Rubio en verano, los besos, las discusiones, los berrinches de la adolescencia (que no fueron pocos).
La casa es el puzle donde uno juega a encajarse.
Los pinos nos dan sombra y nos recuerdan los ritmos de la tierra. La pinaza, la hojarasca de los pinos, cae todos los días sobre la parcela y cubre el suelo con un manto ocre y áspero. Todos los días la barremos y todos los días vuelve a caer, pertinaz y silenciosa, como una letanía. La pinaza es indiferente a nuestros esfuerzos.
Mi padre dice que barrerla es una meditación diaria. Su aplomo es el de Sísifo, un Sísifo criado en Zamora, de esos que solo concede una infancia vivida en el campo.
Nuestra parcela es un trasunto de esos jardines japoneses; jardines limpios, transparentes, donde los monjes rastrillan la arena como ejercicio de meditación. Allí dibujan voluptuosas curvaturas sobre la arena; aquí retiramos la pinocha a escobazos.
Todos los días. Cada día. En esta repetición estéril se esconde algo más: la rendición, la renuncia al fruto del trabajo.
Hoy no ha corrido demasiado el viento. La parcela está limpia. Cuatro arbolitos se recortan contra el horizonte. Cuatro árboles que conforman una sabana diminuta. El sol cae pesado y se pierde detrás del monte, allá por Gredos. Cabrillean, azules y naranjas, las luces de la tarde.
Distingo al abuelo entre los bancales de arriba. Acostumbra a regar por la noche. Riega mientras silba. Y del manto húmedo que reparte sobre las plantas y la tierra se levanta un olor fresco que inunda la parcela y envuelve la piel.
La abuela se ha acostado pronto. La abrazo, metida en la cama. Huele a Diprogenta porque le han picado las avispas. Las avispas debían de saber que en su sangre había algo dulce. Me ofrece un caramelo de violeta. Después me da un beso y se duerme, vigilada por unas memorias de Antonio Gala que reposan en la mesita de noche.
En la casa de al lado, encaramado a una tapia, nos observa Pablo, un chico de gafas redondas que nunca llegó a cumplir los nueve años. Su silueta quedó grabada en la corteza de las encinas y los olivos que no se dejaron talar. Como la de mi abuela, inclinada entre las hortensias de la entrada.




